El grupo sale a cazar al bosque. Su presa, una comunidad de monos colobos, se mueven por una autopista ininterrumpida de ramas, inaccesibles a los cazadores que acechan abajo. Sin embargo, el grupo tiene una oportunidad. Avanzan con sigilo para situarse poco a poco debajo de los colobos, que, a decenas de metros más arriba, se creen a salvo. Es un equipo especializado: hay un conductor, un guía, individuos que hacen de bloqueadores y los expertos en emboscadas. El guía es el que se desenvuelve con mayor rapidez y empieza a trepar por uno de los árboles, mientras los otros se quedan abajo, observando; en un determinado momento, la caza comienza. Los otros cazadores se alejan rápidamente de la comunidad de monos colobos, calculando cuáles serán sus movimientos por la autopista arbórea, y dos de los bloqueadores trepan eligiendo dos árboles estratégicamente situados a derecha e izquierda. El experto en emboscadas, el cazador más experimentado, se desplaza aún más deprisa, eligiendo un árbol más alejado y subiendo rápidamente hasta ocultarse.
El guía ataca a los colobos, los cuales, presas del pánico, se dispersan; pero dos de ellos permanecen juntos en la huida. Los bloqueadores les salen al paso; los monos son obligados a huir en una dirección, donde les espera el cazador. Si consiguen romper la trampa, se salvarán. Pero también es probable que caigan en las garras del grupo. El éxito de la cacería es celebrado. Pero tales empresas para conseguir carne suelen ser peligrosas, pues las caídas y las heridas pueden poner en riesgo la integridad de los miembros del grupo de caza.
Las hembras, que no participan en las cacerías, siempre tienen la posibilidad de ofrecer sus servicios sexuales a los machos a cambio de carne.
La escena relatada está protagonizada por un grupo de chimpancés en la selva del Congo y fue descrita por el naturalista David Attenborough y su equipo de la BBC, quienes filmaron desde el aire con cámaras infrarrojas la secuencia oculta para los ojos humanos bajo el follaje casi infinito.
Las coincidencias de los humanos con los chimpancés (porque para ser justos, los humanos somos quienes tenemos cosas de ellos, no ellos conductas nuestras) son asombrosas. Según miembros del Instituto Max Planck de Leipzig, Alemania, los chimpancés también relacionan sus acciones presentes con las del pasado y el futuro. Un ejemplo es el ya nombrado intercambio carne-sexo. Dado que las promiscuas hembras chimpancés solo copulan durante la época de celo, no es un intercambio inmediato. Los científicos comprobaron que lo hacen más seguido con quienes en el último tiempo hayan aportado su debidas proteínas. Es decir, con los mejores cazadores.
Son xenófobos, son muy pacíficos en su comunidad, pero se organizan y son capaces de embarcarse en largas guerras contra grupos vecinos. Pueden ser muy crueles contra individuos que invaden su territorio.
Utilizan una diversidad de herramientas según el caso en cuestión: piedras para cascar nueces, palitos para extraer termitas.
Son capaces de razonar, de tener emociones similares a las humanas y de mantener relaciones familiares durante más de 60 años, según la primatóloga Jane Goodall, una verdadera autoridad en estos temas.
La clave que nos distancia no está en el 1% de diferencia genética, sino en el sofisticado lenguaje humano. Según Goodall: “Podemos enseñar a nuestros hijos y planificar futuros lejanos, entablar debates. Eso es lo que ha desarrollado enormemente nuestro intelecto; de ahí que no tenga sentido comparar ni al chimpancé más inteligente con cualquier humano”.
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Fuentes: Diario El País, Revista PlusOne ; Wikipedia
