El fin del mundo se vivió en Europa a mitad del siglo XIV. Casi la mitad de la población europea murió. Muchos más en Asia y África. Los campos vacíos. En las ciudades, pánico. El enemigo era invisible. El fin del mundo, gracias a las ratas.
Como en una visión apocalíptica, barcos prácticamente tripulados por cadáveres llegaron al puerto de Génova desde Crimea (actual Ucrania). En esos barcos, llegaba la peste negra montada a lomo de las ratas. En las pulgas viajaba la bacteria mortal. De las ratas a las pulgas, de las pulgas a las personas, de unas personas a otras. Muerte en menos de cinco días.

Desde Génova se esparció por todo el Occidente, llegando hasta las islas Británicas, Noruega y volviendo a Oriente, desde donde salió. Este recorrido tardó sólo 3 años, entre 1347 y 1351. La rápida diseminación de la peste se debió en gran parte a los mismos pobladores que huían de la epidemia y la llevaban consigo a otros lugares; así como al intenso tráfico comercial que existía en esa época.
Por supuesto, eso no fue realmente el fin del mundo, pero sus consecuencias fueron muy profundas. Para muchos autores marcó el fin de la época feudal y aceleró el renacimiento. Fomentó el desarrollo de las medicina y quitó el veto eclesiástico a la anatomía. También fomentó el odio. Al carecer de explicaciones para la propagación de la plaga, se difundieron por gran parte de Europa acusaciones de que unos “extranjeros” habían envenenado el agua potable, los judíos.
Por supuesto que hoy no sería posible una epidemia de peste en Europa, pero en ese momento las condiciones de hambruna y escasa salubridad le pavimentaron el camino a la plaga.
Aunque parezca mentira, aún hoy se dan casos de peste negra en África, Asia y América. Según la OMS, se dan entre 1000 y 3000 casos al año.
Fuentes: Asociación Cultural Mundo Historia; Diario El Mundo; Wikipedia; OMS.

















