Maquiavelo no era maquiavélico. Basta con eso. El pagó caro escribir “sin pelos en la pluma” acerca de la corrupción y maledicencia política. En su obra máxima, El Príncipe, desentraña el poder y la política tal como la veía en su Florencia en el siglo XVI. Eran tiempos del Renacimiento italiano, el país estaba dividido en repúblicas que guerreaban entre sí; Francia, España con sus ojos puestos en la península, debido a los ya flacos ejércitos. No eran tiempos fáciles para gobernar.
Las partes morales de su doctrina suelen quedar relegadas a un segundo plano. En sus textos escribe sobre la libertad, la teoría de los frenos, el poder del pueblo, la independencia nacional, la seguridad. Pero lo anterior no es maquiavélico. “El fin justifica los medios” esto sí lo es, aunque esa frase no figura en ninguna de sus obras. El arsenal de “cualidades” como la deslealtad, el fingimiento o el engaño, que también figuran en El Príncipe, sobresalieron como la verdadera esencia de su teoría sobre el poder.

Por supuesto que era un cínico, escribe por ejemplo “Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente: pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario”. En el contexto político de Florencia de la época, este consejo no es nada sorprendente. Sin embargo es poco comparado con lo que dos siglos más tarde diría Napoleón: “Triunfa siempre, aún por el peor medio y te darán siempre la razón”. Por supuesto que eso es lo esperable de un conquistador, él llevaba al campo de batalla lo predicado. Por eso fue Napoleón.
La ciencia política fue un antes y un después de Maquiavelo. Se podría decir que es el creador de la teoría de la política moderna, pero su nombre está manchado.
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